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No es sólo la pandemia

Parece increíble que hace apenas un mes y medio todavía estábamos haciendo planes: de cumpleaños, de trabajo, de salidas o de encuentros. Desde marzo, cuando se registró el primer caso en Argentina, el tiempo no hizo más que acelerarse, sumergiéndonos a todos en un escenario completamente desconocido y con un horizonte imprevisible. Demas está decir que el COVID 19 arrojó por la ventana todas nuestras agendas y calendarios cuidadosamente planificados.

Al momento de escribir estas breves reflexiones estamos transitando una pandemia mundial y en nuestro país ya empezamos la tercera prórroga del “aislamiento social preventivo y obligatorio” (cuarentena) sin saber a ciencia cierta cuándo podremos retomar cierta “normalidad” en nuestra cotidianeidad. El temor oculto es que lo que venga después sea bastante peor al mundo pre-COVID 19.

¿Existen experiencias históricas similares de las cuales podemos extraer algunas enseñanzas? Lo cierto es que no. En los medios de comunicación y aún en ciertos ambientes más académicos se habla mucho de la mal llamada “gripe española” de 1918-1922; pero la verdad es que es poco lo que podemos comparar. Nuestro mundo presenta un nivel de interconexión e interdependencia impensables en las primeras décadas del Siglo XX, que tenía además una población al menos cinco veces menor a la actual. En 1918 el nuevo virus de la gripe demoró meses -y aun años- en expandirse a nivel global y en varias “oleadas”, mientras que el COVID-19 llegó a la práctica totalidad del planeta en apenas tres meses. Hoy tenemos a nuestro favor, de todas maneras, un notable desarrollo científico-tecnológico y un conjunto de instituciones a nivel nacional e internacional (como la OMS) encargadas de la gestión de la salud que hacia 1918 no existían o estaban recién en sus inicios. Se calcula que la “gripe española” provocó la muerte de al menos 50 millones de personas. ¿Sabemos cuántas muertes provocará el coronavirus? La verdad es que no. Lo único que sabemos es que estamos viviendo la primera gran pandemia simultánea a escala global.

 ¿Cómo enfrentamos esta situación inédita? Desde el inicial desinterés de algunos líderes políticos a nivel mundial -que negaron la gravedad del problema-, hasta la imposición temprana del aislamiento social orientado a evitar o interrumpir el contagio masivo, el repertorio de medidas de casi todos los gobiernos ha ido paulatinamente confluyendo en torno de un conjunto acotado de disposiciones: quedarse en casa, mantener el distanciamiento social, lavarse las manos, no tocarse la cara o la boca, usar barbijos… De estas disposiciones, la cuarentena ha sido, sin lugar a dudas, la más extraordinaria y la que más ha impactado en la ruptura de nuestra vida cotidiana. También es la medida que más desnuda nuestra indefensión, no sólo frente al virus. En efecto, ha ganado visibilidad en estos tiempos el increíble avance de los estados en técnicas de vigilancia y control de sus poblaciones. Así como ya no resulta sorprendente observar un drone en el cielo de cualquier ciudad, tampoco genera demasiado interés una app que geolocaliza el lugar exacto en el que estamos y las personas con las cuales nos contactamos. La “hipervigilancia” es una realidad llevada a extremos increíbles en algunos países como China y Corea del Sur. Con menor desarrollo tecnológico por estas latitudes, es una realidad que nos atraviesa a todos. ¿Cuántas de estas herramientas de vigilancia y control se mantendrán en el futuro, luego de que finalice la pandemia? ¿Cuán dispuestos estaremos a aceptar el seguimiento constante de los organismos del estado en aras de nuestra seguridad física? Una agenda política a futuro de cualquier organización política deberá necesariamente incorporar este tema, siempre sobre la base del respeto de los derechos humanos.

Ahora bien, “que todos los gobiernos estén confluyendo en la misma dirección” no significa que todos hayan tomado medidas de protección de sus poblaciones al mismo tiempo o con la misma intensidad. Peor aún, ni siquiera hoy el gobierno nacional de Brasil considera al COVID-19 como una amenaza. La necedad de los gobernantes siempre tiene consecuencias; en tiempos de pandemia, el número de contagios y de muertes en Brasil así lo atestigua. A mediano plazo, cuando se supere esta situación inédita, es probable que muchos gobiernos deban lidiar con la insatisfacción de sus poblaciones frente a la gestión de la crisis; en el límite, es posible que muchos que hoy se consideran líderes políticos deban abandonar sus cargos en la deshonra que se merecen. ¿Cómo serán esos procesos de “cambios de régimen”? Analizando la situación latinoamericana previa a la pandemia, es probable que no sean precisamente pacíficos.

¿Qué otros efectos está provocando esta pandemia inesperada?  Por un lado, el COVID-19 nos iguala, al menos simbólicamente. No dejamos de escuchar en todos los medios que todxs somos susceptibles de enfermarnos: ricos y pobres, occidentales y orientales, del hemisferio norte o del hemisferio sur. La humanidad es, en su totalidad, una sola víctima frente al virus. Lo cierto es que no debemos engañarnos: el virus puede infectar a todxs, pero se propaga con mayor rapidez en las poblaciones que cuentan con menor posibilidad de implementar las medidas de aislamiento y de protección; también puede provocar la muerte de todxs, pero la certeza de la muerte se incrementa rápidamente cuando no se puede acceder a un sistema de salud gratuito y medianamente operativo. Hoy nos asombramos de las muertes en los países desarrollados, con sistemas sanitarios colapsados y un incremento constante de contagios. ¿Cuáles serán los números cuando la pandemia se expanda en los países africanos o en América Latina? Estados Unidos, con un sistema de salud privado y restrictivo, es el ejemplo de las consecuencias de privar de un derecho básico a una proporción significativa de su población. ¿Qué pasará en nuestra región cuando la pandemia avance? La mayor parte de la población de América Latina no tiene acceso a una atención médica gratuita y los estados latinoamericanos no tienen tampoco los ingentes recursos de los Estados Unidos. ¿Con cuanto dolor recordaremos al COVID-19? Indudablemente, también la defensa del derecho a la salud es un punto prioritario de toda agenda política futura.

¿Pero se trata sólo de la salud? ¿Resolveremos el problema de futuras pandemias con sistemas sanitarios más robustos y accesibles? No, el problema es el desigual goce de los derechos que como seres humanos nos corresponden. Lo que ha hecho la pandemia es mostrarnos, limpia y claramente, la desigualdad estructural que caracteriza a la mayor parte de las sociedades actuales. Desigualdad entre países y desigualdad al interior de cada país. Quienes no acceden a la salud en general tampoco tienen acceso a la educación y a un trabajo formal. Quienes no acceden a la salud tampoco tienen agua potable, ni cloacas, ni viviendas dignas, ni calles asfaltadas, ni… La lista puede continuar: en nuestro mundo las desigualdades se anudan, se refuerzan, se multiplican. Y la pandemia nos ha mostrado lo que miramos todos los días pero que, en realidad, no vemos.

¿Podemos esperar un mundo mejor luego de la pandemia; un mundo, aunque sea, menos desigual? Es una pregunta tramposa, nacida de leer algunos augurios ilustrados que nos señalan que el COVID-19 va a terminar con el neoliberalismo o, mejor aún, va a provocar el derrumbe del capitalismo. Aún sin una pandemia comparable, la experiencia histórica indica que las transformaciones profundas nunca se deben a una sola causa; es más, podemos estar completamente seguros que un virus no va resolver las contradicciones sociales que los propios seres humanos no podemos resolver. Sí es posible que la pandemia profundice esas contradicciones, lo que indica que el mundo post-covid probablemente sea igual o aún peor al que ya vivimos. Intentaré ser más optimista: si queremos un mundo más igualitario, somos nosotros, como actores sociales, los que debemos aprovechar la ventana de oportunidad que abre la pandemia, al mostrarnos las desigualdades existentes, para luchar por un mundo más justo. Este es un punto crucial en la agenda política post-covid porque se trata, nada más y nada menos, de imaginar otro mundo posible; un mundo más igualitario, atento a los problemas que la actividad humana genera en el medio ambiente, con capacidad de resolver las miles de inequidades y desigualdades acumuladas por décadas de neoliberalismo.

En lo inmediato, cabe mencionarlo, es probable que vivamos una crisis económica profunda, que ya se está desarrollando de forma paralela a la pandemia y que continuará por un tiempo incierto luego que ésta llegue a su fin. De crisis económicas sí que sabemos, sobre todo en Argentina. En todo caso, la gran pregunta es la profundidad que alcanzará y su extensión. Todos los indicadores globales señalan una crisis comparable a la de 1930, considerada la crisis más grave en la historia del capitalismo. Y si hay algo que nos enseña la historia, es que de esa crisis se salió por la acción del estado, que multiplicó la intervención en la economía ante la constatación de que el dios mercado es completamente incapaz de resolver las crisis que él mismo genera.

Los años 30 inauguraron un cambio de paradigma en las ideas económicas dominantes, a favor de un consenso amplio en torno a un estado activo y atento a las necesidades de los sectores sociales más desprotegidos. En ese contexto, se consolidaron muchas de las prestaciones y derechos sociales que aún hoy disfrutamos. ¿Podrá la pandemia dar lugar a un consenso similar? Quizás, a largo plazo, esto sea lo mejor que podamos esperar de esta experiencia. Por lo pronto, lo que vemos, es un conjunto de medidas económicas a nivel global impensadas hace apenas tres meses atrás: masivas ayudas estatales; inyecciones millonarias de recursos a manos del sector público; creciente cuestionamiento a los procesos de privatización de los servicios públicos… ¿Continuará este afán cuestionador luego de que pase lo peor? Ojalá pudiéramos saberlo, al menos para hacer más soportable este momento. De lo que sí podemos estar seguros es de que todo intento de avance a favor de una redistribución de la riqueza va a enfrentar enemigos poderosos. Lo estamos viendo actualmente con la discusión en Argentina sobre un impuesto a las grandes fortunas.

La mención a nuestro país me permite decir que, como argentino, me siento bastante afortunado. El año pasado supimos elegir un gobierno que estuvo a la altura de las circunstancias y que tomó medidas rápidas y eficaces. Pero enfrentar la pandemia es sólo una parte del problema. En nuestro país hay que, además, reconstruir lo que destruyó durante cuatro años el gobierno de Cambiemos, en un contexto de híper-endeudamiento y de inédito fortalecimiento de los actores socio-económicos, judiciales y mediáticos que controlan los principales resortes de poder. La incapacidad del gobierno en hacer cumplir algunas de las decisiones tomadas muestra la impotencia del estado frente a poderes que muchas veces no notamos pero que existen y se ejercen. Fortalecer el estado, defender las medidas del gobierno orientadas a construir un país más justo y luchar por ampliar nuestros derechos es nuestra tarea a futuro. Estamos frente a un momento crítico donde los números de muertos y contagios probablemente no harán más que aumentar; un momento donde todo lo que podamos esperar del funcionamiento económico es que la caída no sea tan grande; donde el consenso político va a chocar contra cualquier intento de romper los privilegios de siempre. La pandemia tiró por la ventana todos nuestros planes, pero quizás también abrió una pequeña ventana de oportunidad acelerando el deterioro de un sistema que nos condena a la pobreza y la exclusión; me quedo con esa ilusión y con la certeza de saber en qué lugar debemos estar cuando pase lo peor.

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