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PANDEMONIO

La noche del 19 de marzo el gobierno nacional anunció el inicio del aislamiento, social, preventivo y obligatorio en toda la Argentina. Días previos a esta medida excepcional la posibilidad de suspender no sólo las clases sino todas las actividades ante la aparición de casos de Covid-19 en nuestro país era un escenario inimaginable y hasta factible de bromas. Pero no, sin muchos preámbulos y para evitar la circulación del virus nos quedamos en casa con mucho tiempo para todo, pero imposibilitados de hacer -casi- nada.

Desde entonces, asistimos como meros espectadores a la guerra mundial contra este “enemigo invisible”.

En el escenario nacional escuchamos a diario cómo se plantea el falso dilema entre salud pública versus crecimiento económico. Además vemos, por un lado, el lobby de las grandes empresas multinacionales para poner fin a la cuarentena y, por otro, a un gobierno decidido a seguir a rajatabla el consejo de los que saben en materia de salud. Para paliar las consecuencias de esta situación se han anunciado medidas de ayuda económica como los $ 10.000 que alcanzan a monotributistas y beneficiarios de la AUH, pero otros miles y miles que también necesitan la ayuda  han quedado afuera de estos beneficios. Leemos que Argentina se juega una carta fuerte en la renegociación de la deuda, redefiniendo plazos y solicitando quitas a un FMI que propone un discurso más “humano” en medio de la pandemia. Cuando nos invaden las dudas sobre “¿quién garpa todo esto?”, como rezaba un enfático conductor de televisión, presenciamos un interesante debate para ver si de una vez podemos estar de acuerdo en que los ricos –a los que siempre hay que garantizarles las condiciones para ganar más- aporten para que el inevitable caos económico no continúe golpeando con tanta fuerza a los mismos de siempre.

En este contexto, el Papa -interpelando al movimiento popular- motiva el reclamo de un salario universal para los que menos tienen y habilita el debate en relación con las posibilidades reales de generar empleo para todes en una fase de capitalismo descontrolado.

Mientras tanto, no deja de preocuparnos la aparición de algún que otro caso de abuso por parte de una policía empoderada. Mientras tanto, encerradas, la violencia contra las mujeres recrudece y nos siguen matando con la crueldad y bestialidad de siempre.

La escena internacional no es mucho más esperanzadora. En principio, no se vislumbra un liderazgo a nivel mundial que pueda unir consensos frente a la pandemia. Por el contrario, los presidentes de dos de los países más grandes de América -Brasil y EE.UU- muestran su perfil más cruel con actitudes que nos hacen dudar ya no de su ética sino de su cordura. La misma sensación de angustia aparece si analizamos las medidas adoptadas por diferentes países, medidas que no sólo no lograron proteger la economía –tal como anunciaban- sino que aumentaron exponencialmente el  número de infectados –entre ellos, un Primer Ministro- y de muertes. Tampoco resulta esperanzadora la situación de aquellos países que experimentaron controles futuristas sobre los cuerpos, mostrándonos apenas un poco de lo que puede venir en  materia de control y poder. 

La escena mundial se ha configurado como la suma de países replegados sobre sí mismos, con fronteras cerradas y corazones rotos ante la falta de cooperación que muestra como faceta más extrema y triste el robo de barbijos entre potencias.

Escribo estas líneas desde mi casa, sobreinformada y controlada. Me pregunto, inquieta y ansiosa por saber, si quienes queremos un mundo más justo, hoy desagregados puertas adentro, la vamos a seguir viendo pasar o si es nuestro momento de entrar en escena y patear el tablero. 

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